Los canales que alimentan prados y jardines vuelven a correr, y cada vecino aprende a leer su ritmo, como quien interpreta una partitura. Observar el brillo en las piedras, el aumento de caudal tras la tarde, oír el murmullo antes del amanecer se convierte en práctica de presencia, recordándonos que cuidar el flujo exterior ayuda a encauzar el interior, con paciencia, mirada amplia y manos dispuestas a servir.
Se eligen semillas resistentes, se consulta el calendario lunar heredado, y se abren surcos con respeto por la pendiente. Cada gesto invita a notar la respiración, el peso del cuerpo en la tierra húmeda, la textura de la semilla. Ese instante, tan pequeño, enseña a esperar sin apuro, a escuchar señales del suelo, a confiar en procesos invisibles que, con tiempo y cuidado, brotarán en verde tenaz sobre piedra y hielo.
Con los caminos aún blandos, las primeras caminatas piden paso corto, bastón firme y atención al barro escondido bajo hojas viejas. Contar respiraciones ayuda a acompasar corazón y pendiente. Una vecina recuerda cómo, tras un invierno difícil, nombrar cada olor del bosque la ancló al presente: musgo, madera mojada, resina. Caminar así transforma la ruta en compañera, no en desafío, dejando que la montaña marque la velocidad justa.