Alerce, abeto rojo y pino cembro ofrecen fibras estables, aromas resinosos y una calidez que se siente incluso antes de tallar. Seleccionar tablones que hayan secado al aire, escuchar sus nudos y respetar su veta reduce grietas, facilita herramientas sin motor y mejora acabados con aceites naturales. Así una simple cuchara o una caja para mantequilla conservan fragancias del bosque, resistencia al uso y la huella de cortes conscientes.
La lana de ovejas de altura contiene lanolina protectora y una ondulación que ayuda al fieltrado. Tras el esquilado, se lava con agua templada, se carda con ritmo y se hila con huso o rueca, escuchando cómo el hilo se forma entre dedos y silencio. Tejida o afieltrada, respira, regula temperatura y perdona errores, convirtiendo un ovillo rústico en calcetines, gorros, mantas o alforjas que duran años.
Colocar muretes de piedra seca exige paciencia, buen ojo y conocimiento del peso. Sin mortero, cada pieza se elige por geometría, se calza con fragmentos pequeños y se apoya con gravedad bien distribuida. Estas estructuras drenan, resisten heladas y enmarcan huertos, corrales y senderos. Trabajar piedra enseña humildad: no se impone, se negocia; y al final, el muro cuenta lluvias, pasos y estaciones mejor que cualquier inscripción.